Franciscanismo

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jueves, diciembre 14, 2006

Homilía para el tercer Domingo de Adviento - Año C

Homilía para el tercer Domingo de Adviento  -  Año C  -  Lc. 3:10-18





" La gente le preguntaba [a Juan Bautista]:  «¿Qué tenemos que hacer?»
Y él contestaba:  «Él que tenga dos túnicas reparta con el que no tiene
ninguna, y el que tiene alimentos que haga igual.»  Acudieron también
unos publícanos a bautizarse y le dijeron:  «Maestro, ¿qué tenemos que
hacer nosotros?»  Y él les respondió:  «No exijáis nada más de lo que
manda la ley.»  Le preguntaron también unos soldados:  «Y ¿nosotros qué
debemos hacer?»  Y les contestó:  «No intimidéis a nadie,  no
denunciéis
falsamente y contentaos con vuestra paga.»

" Como la gente estaba expectante y se preguntaba si no sería Juan el
Mesías, Juan declaró públicamente:  «Yo os bautizo con agua, pero ya
viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la
correa de sus sandalias.  Él os bautizará con Espíritu Santo y con
fuego. 
Tiene en su mano el bieldo para aventar su parva, llevar el trigo a su
granero y quemar la paja en fuego que no se apaga.»

" Con estas y otras muchas exhortaciones evangelizaba al pueblo. "



Homilía:


" La gente le preguntaba [a Juan Bautista]:  «¿Qué tenemos que hacer?»
"

Juan Bautista acababa de anunciar su misión a algunos judíos que habían
venido a escucharle. Les había declarado que su papel consistía en
preparar la venida del Mesías con un bautismo de penitencia: "Y él fue
recorriendo toda la región del Jordán, predicando un bautismo de
conversión para recibir el perdón de los pecados." (Lc. 3:3) Todo el
mundo debía prepararse para esa venida, ese encuentro con el Señor: los
corazones y las almas, así como los cuerpos mismos y el mundo entero,
debían estar dispuestos a comparecer ante El que ES, el Eterno, el
Creador de todas las cosas, en el Cielo y en la tierra!

La fuerza de su palabra ya había convencido a más de uno, pues ¿quién
puede resistirse a la Palabra de Dios? De hecho, sólo el que no quiere
escuchar la Palabra de Dios, o el que deja de escucharla se extravía
por
el camino de la perdición. Pues todo está en la voluntad: el hombre
quiere o no quiere que Dios venga a salvarlo de sus pecados. Si lo
quiere, entonces la gracia de Dios da al hombre el poder y la fuerza
necesarias para conseguir la salvación. Pero si no lo quiere, es una
gracia perdida... Juan Bautista predica y anuncia la venida del Mesías
y
los que quieren prepararse cuidadosamente para este acontecimiento
gritan
a una única voz: "¿Qué tenemos que hacer?"

Unos años más tarde, otro hombre, un pescador de Galilea llamado Simón
Pedro, predicó también la llegada del Mesías. Era el día de
Pentecostés,
cincuenta días después de Pascua. Pedro anunciaba la venida del Cristo
resucitado: decía que ya había venido, que había sido crucificado, que
había resucitado de entre los muertos, y que se había ido para que
viniera ahora el Espíritu Santo, ese "otro Paráclito" (Jn. 14:15), ¡ese
otro Cristo!  "Esas palabras les conmovieron profundamente y dijeron a
Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué debemos hacer, hermanos?» "
(Hechos
2:37)

" Él respondía:  «El que tenga dos túnicas reparta con el que no tiene
ninguna, y el que tiene alimentos que haga igual.»  Acudieron también
unos publícanos a bautizarse y le dijeron:  «Maestro, ¿qué tenemos que
hacer nosotros?»  Y él les respondió:  «No exijáis nada más de lo que
manda la ley.»  Le preguntaron también unos soldados:  «Y ¿nosotros qué
debemos hacer?»  Y les contestó:  «No intimidéis a nadie,  no
denunciéis
falsamente y contentaos con vuestra paga.» "

Juan Bautista contesta a todos; ¡practicad la justicia!  Lo que Juan
Bautista les pide poner en práctica no es la caridad, es más bien la
justicia. Porque la venida del Señor sanciona todos nuestros actos: el
Cristo viene y, viniendo, recompensa a los buenos y castiga a los
culpables. Así que, para preparar la venida del Señor, nos hace falta
practicar la justicia, mientras tengamos aún tiempo. Porque, después ya
no habrá tiempo. La venida del Señor hace cerca de dos mil años, ha
introducido a la humanidad en lo que San Pablo dice cuando se refiera a
"se cumplió el tiempo" (Gál. 4:4). Eso quiere decir que el juicio es ya
una realidad y que la justicia de Dios debe ser practicada por todos
los
hombres y todas las mujeres de la tierra. Cuanto más se practique la
justicia por los hombres durante sus vidas en la tierra, más la Gloria
de
Dios resplandecerá en ellos por la eternidad en el Cielo.

Ya estamos en la era de la justicia. Que no se nos olvide. Por otra
parte,
Él, cuya misión es recordarnos todas las palabras del Señor, es decir
el
Espíritu Santo (cf. Jn. 14:26), no puede evitar poner nuestra memoria
en
acción sobre ese tema, porque es el Espíritu de Dios, el Espíritu que
vino el día de Pentecostés, quien juzga ya el mundo: "Cuando él venga
demostrará al mundo en qué está el pecado, la justicia y la condena. El
pecado consiste en que no creen en mí; la justicia, en que me voy al
Padre y no me veréis más, y la condena, en que el príncipe de este
mundo
está ya condenado." (Jn. 16:8-11)

" Como la gente estaba expectante y se preguntaba si no sería Juan el
Mesías, Juan declaró públicamente:  «Yo os bautizo con agua, pero ya
viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la
correa de sus sandalias.  Él os bautizará con Espíritu Santo y con
fuego.
Tiene en su mano el bieldo para aventar su parva, llevar el trigo a su
granero y quemar la paja en fuego que no se apaga.» "

Juan Bautista no duda en humillarse ante todo el pueblo presente:
reconoce
no ser el Mesías. Porque él no es el Juez supremo: sólo es un hombre y
no
un Dios. Sólo Dios puede juzgar este mundo, sólo Dios puede enviar a la
tierra el fuego justiciero de su Espíritu. "Él os bautizará con
Espíritu
Santo y con fuego." Juan bautiza con el agua, un agua que purifica y
prepara los corazones para la venida del Mesías. Pero el Cristo, él,
bautiza con el Espíritu Santo y el fuego, un fuego que castiga a los
culpables: a los que no quieren creer en él, o que dejaron de creer...
"Tiene en su mano el bieldo para aventar su parva, llevar el trigo a su
granero y quemar la paja en fuego que no se apaga."

Escuchemos a Juan Bautista. Practiquemos nosotros también la justicia
de
Dios. Reconozcamos al Señor donde esté. Cuando comulguemos con el Pan
de
Vida, con esa comida que es el fruto del Amor de Dios, que no se nos
olvide que es el Señor el que recibimos en nosotros, porque ahí también
y
más que en todo otro lugar, el Cristo viene para juzgar: "Por tanto,
examine cada uno su propia conciencia, y entonces coma del pan y beba
del
cáliz. Porque el que come y bebe sin considerar que se trata del cuerpo
del Señor, come y bebe su propia condenación." (1 Cor. 11:28-29)
Estemos
pues vigilantes con nosotros mismos, vigilantes, pero confiados,
confiados en María, nuestra Madre.

Canónigo Dr. Daniel Meynen

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